La advertencia de Sahagún.

Una controversia sobre la adoración de la Virgen de Guadalupe en el Tepeyac.

Lic. Canek Estrada Peña, Danza azteca del Sr. Xiuhtecuhtli, C.U.

Ahora que estamos próximos a la fecha en que los mexicanos en general- y con especial fervor los danzantes de tradición- veneramos a la Virgen de Guadalupe, me gustaría retomar un texto que, a pesar de ser ampliamente conocido y citado con frecuencia, no deja de invitar a la reflexión y al replanteamiento de nuestra espiritualidad dentro de la danza.

Nosotros en la actualidad asistimos al pie del cerro del Tepeyac con la certeza de que este es el santuario de la Virgen María en su advocación Guadalupana, y los creyentes de la fe católica están convencidos de que la Iglesia Católica reconoce y aprueba estas manifestaciones de fe de manera “oficial”. Incluso, es un bastión importante para la propagación de la fe no sólo para México, sino para toda América Latina (y de ahí una de tantas razones por la cual se dieron las visitas papales, así como la presión en las altas esferas de la institución para la canonización de Juan Diego).

Esto no siempre fue así. El cerro del Tepeyac fue tema de desacuerdos y controversias entre los frailes evangelizadores que arribaron después de concluida la guerra de conquista en Tenochtitlan.  Los textos que se conservan que relatan la aparición de la Reina de México en este cerro (de entre los cuales destaca el llamado Nican Mopohua…, redactado alrededor de 1556) son explícitos al señalar que este lugar fue donde se dieron las cuatro apariciones, y que la razón de estas era el dar el mensaje al obispo Zumárraga de que era su voluntad que se le hiciese un templo en este mismo lugar. Pero el hecho de que el ya mencionado Nican Mopohua haya sido publicado en letras de imprenta junto con otros textos guadalupanos que conforman una obra llamada Huey Tlamahuizoltica… hasta el año de 1649 no es casual. Es en este tiempo cuando comienza el auge del culto a esta advocación de la Virgen, pues antes de esta época, se trataba de un culto reservado sobre todo a los indígenas y no era muy popular entre los españoles criollos. 

En el siglo XVI, el fervoroso culto que recibía la Guadalupana era objeto de sospechas y suspicacias entre algunas personalidades de la conquista espiritual venidas de España. Uno de ellos fue el conocido Fray Bernanrdino de Sahagún, quien entre 1540 a 1585 recopiló por medio de sus informantes la obra más exhaustiva de la época acerca de la vida y las costumbres de los nahuas del centro de México, Historia general de las cosas de Nueva España. Esta obra monumental tenía la función original de ser una especie de manual para los evangelizadores a fin de que pudieran identificar las “idolatrías” entre los naturales, y de esta manera combatirlas más eficazmente. Si bien no podemos (ni debemos) negar el valor de carácter enciclopédico y erudito de dicho compendio de aspectos muy variados de la vida de nuestros ancestros, tampoco podemos perder de vista sus motivaciones.

Respecto de las ceremonias que se celebraban en la Villa, hace referencia en el libro XI, capítulo XII, en el cual hay una nota que dice:

 Habiendo tratado las fuentes, aguas y montes, parecióme lugar oportuno para tratar las idolatrías principales antiguas que se hacían y aún se hacen en las aguas y los montes…

…Cerca de los montes hay tres o cuatro lugares donde se solían hacer muy solemnes sacrificios, y que venían a ellos de muy lexas tierras. El uno déstos es que aquí en México, donde está un montecillo que se llama Tepeácac, y los españoles llámanle Tepeaquilla, y agora se llama Nuestra Señora se Guadalope. En este lugar tenían un templo dedicado a la madre de los dioses, que la llamaban Tonanzin, que quiere decir “nuestra madre”. Allí hacían muchos sacrificios a honra desta diosa. Y venían ellos de más de veinte leguas de todas estas comarcas de México y traían muchas ofrendas. Venían hombres y mujeres y mozos y mozas a estas fiestas. Era grande concurso de gente estos días, y todos decían: “vamos a la fiesta de Tonanzin”. Y agora que está allí edificada la iglesia de Nuestra Señora de Guadalope, también la llaman Tonanzin, tomada ocasión de los predicadores que a nuestra señora la madre de Dios llaman Tonanzin. De donde haya nacido esta fundación desta Tonanzin no se sabe de cierto; pero esto sabemos cierto que el vocablo significa de su primera imposición a aquella Tonanzin antigua, y es cosa que se debería remediar, porque el propio nombre de la madre de Dios, Sancta María, no es Tonanzin, sino Dios inantzin. Parece esta invención satánica para paliar la idolatría debaxo equivocación deste nombre Tonanzin.

Y vienen agora a visitar a esta Tonanzin de muy lexos, tan lexos como de antes, la cual devoción también es sospechosa, porque en todas partes hay muchas iglesias de Nuestra Señora, y no va a ellas, y vienen de lexos tierras a esta Tonanzin, como antiguamente…

A continuación, explica que en esos años hubo dos casos similares que llamaron su atención: el de la imagen de Sta. Ana en el convento de Sn Francisco en Tlaxcala, en donde decía que los naturales adoraban a Toci; la relación que aquí encuentra es que Toci significa “nuestra abuela”, y Sta. Ana fue la abuela de Jesus. El otro caso es el de la imagen de Sn Juan Bautista de Tianquizmanalco, que estaba en el pueblo de Calpa, al pie de los volcanes, de quien menciona que servía como pretexto para adorar a Tezcatlipoca en su advocación de Tepuchtli; ya que se decía que Juan Evangelista murió virgen, y por eso le decían “San Juan Tepuchtli”. Termina esta nota diciendo:

Y la devoción que esta gente tomó antiguamente de venir a visitar estos lugares, es que como estos montes señalados en producir de sí nubes que llueven por ciertas partes continuamente, las gentes que residen en aquellas tierras donde riegan estas nubes que se forman en estas sierras advertiendo que aquel beneficio de la pluvia les viene de aquellos montes, tuviéronse por obligados de ir a visitar aquellos lugares hacer gracias a  aquella divinidad que allí residía, que enviaba el agua, y llevar sus ofrendas en agradecimiento del beneficio que de allí recibían. Y ansí los moradores de aquellas tierras que eran regadas con las nubes de aquellos montes, persuadidos o amonestados del Demonio o de sus sátrapas, tomaron por costumbre y devoción de venir a visitar aquellos montes cada año en la fiesta que allí estaba dedicada, en México, en la fiesta de Cihuacóatl, que también la llaman Tonanzin; en Tlaxcalla, en la fiesta de Toci, en Tianquizmanalco, en la fiesta de Tezcatlipuca. Y porque esta costumbre no la perdiesen los pueblos que gozaban della, persuadieron a aquellas provincias que veniesen como solían, porque ya tenían Tonanzin ya Toci y al Tepulchtli que exteriormente suena, o les ha hecho sonar a Sancta  María y a Sanctana y a San Juan Evangelista o Babtista, y en lo interior la gente popular que allí viene está claro que no es sino lo antiguo, y a la secuela de lo antiguo vienen. Y no es mi parecer que les empidan la venida ni la ofrenda; pero es mi parecer que los desengañen del engaño de que padecen, dándolos a entender en aquellos días que allí vienen la falsidad antigua, y que no es aquello conforme a lo antiguo.

De esta manera, el padre franciscano advierte a los demás propagadores de la fe católica acerca de que las peregrinaciones y fiestas a las que asistían lo indígenas en estos lugares eran motivadas por las costumbres y la cosmovisión que tenían de antaño, y no por una verdadera devoción hacia la religión impuesta por los españoles. En su opinión la adoración a la Virgen de Guadalupe se podía hacer desde cualquier iglesia, y que no era necesario venir hasta el cerro del Tepeyac, incluso desde lugares distantes, como ocurría en su época; pues esta práctica obedecía con mucha seguridad a la continuidad de las ceremonias agrícolas con las que se agradecía a los cerros el haber dado la lluvia y por ende las cosechas necesarias para la subsistencia de estos pueblos. 

Aunque concluye con mucha cautela que no está en contra de que se sigan visitando estos lugares, indirectamente lanza la acusación de que estas fiestas son motivadas por el Diablo y por sus sátrapas, más que a Virgen o los santos. Esto nos evidencia algunas cosas dignas de notarse: en primer lugar, que fueron los mismos indígenas los que integraron a los santos dentro de su cosmovisión y a las prácticas rituales que conservaban de antaño con referencia al ciclo agrícola del cual subsistían, y que la sustitución de símbolos religiosos en poco transformó el sustrato realmente importante del pensamiento antiguo. En segundo lugar, este texto da a entender que cierto sector clerical no estaba convencido del “milagro” que había efectuado la Virgen; pues a pesar de que habían pasado más de cinco décadas desde las supuestas apariciones, todavía levantaban sospechas sobre si las celebraciones hechas en La Villa de Guadalupe obedecían a una “idolatría” y no a una celebración cristiana.

El fervor con el que se adoró a esta advocación de María dentro del catolicismo “oficial” se daría muchos años después, cuando esta se convirtió en un símbolo de identidad para los habitantes de la Nueva España primero, y después entre los que abrazaron la idea de una patria mexicana emancipada. Hoy día queda poco recuerdo de su papel como dadora de los beneficios de la tierra entre los sectores urbanizados y desmemoriados que ya no tienen el trabajo de la milpa como actividad de subsistencia, e incluso su imagen es enarbolada por aquellos grupos católicos extremistas que combaten derechos civiles como la diversidad sexual o la libre elección de las mujeres sobre su cuerpo, sectores de la ultraderecha reaccionaria, entre otros similares. Pero vive en el recuerdo de las comunidades indígenas de nuestro país su papel primordial como la Santa Tierra, la Diosa Madre, como se quiera llamar: wixarikas, nahuas, otomíes, etc; para todo ellos La Villa es un lugar sagrado, y la Virgen ocupa un papel fundamental en sus historias sagradas. Los danzantes de tradición hoy día asistimos a La Villa y poseemos la imagen de la Guadalupana en nuestros altares, pero a veces algunos olvidan la visión del mundo que tenían nuestros ancestros que nos heredaron estas costumbres, y no hablo de los prehispánicos precisamente, sino de aquellos que incluso no están más distantes de nosotros más de dos generaciones y que practicaban aún muchas costumbres de la gente antigua, y que hoy repetimos a veces de manera mecánica en nuestras velaciones. Nuestros compadres, a veces en su afán de mostrarse muy “católicos” se manifiestan con frecuencia en contra de la “idolatría”, pero creo que antes de levantar juicios contra los danzantes de la mexicayotl, deberíamos recordar que nuestras tradiciones alguna vez también recibieron el mote de “idolatrías”. Recordemos.    

Referencias:

León Portilla, Miguel.  Tonanzin Guadalupe: pensamiento náhuatl y mensaje cristiano en el “Nican Mopohua”. Colmex, FCE, México, 2002.

Sahagún, Fray Bernardino de. Historia general de las cosas de Nueva España, paleografía, estudio introductorio y notas de Josefina García Quintana y Alfredo López Austin, tres tomos, Cien de México, CONACULTA, México, 2000.

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